Tota jo

em veig tota en els teus ulls.

Tota jo. El meu somriure d’avui, lleganyós, agraït,
de son recuperada després de tantes nits dormint massa poc.
La meva emoció sobtada quan recordo el somni
que acabo de deixar entre els llençols i tu m’aculls i m’escoltes.

Tota jo. La tristesa de la mare, el neguit quan no em surten les paraules
i dubto de tot i no puc escriure.

La manera massa brusca que tinc de vegades de posar límits.

Em veig tota en els teus ulls. Tota jo. La meva alegria de dins,
les ganes de ballar quan escolto la cançó que parla de bicicletes
i penso l’illa i els camins que encara em queden per recórrer.

Els ulls que em brillen quan estic amb persones que estimo tal com són
i que sento que m’acullen i m’arrisco i m’esplaio i parlo d’aquella manera tan meva, tan de dins. Em veig tota en els teu ulls.

Sense filtres, sense barreres. Tota jo.

Sònia Moll

Tot esperant Ulisses

Ones que vénen.
mar que s’allunya.
Tot és ben prop. Tot és lluny.
Plors que s’enceten.
Riures que es moren.
Quan creus que tens, tot s’esmuny!

Verd el cel i fresc l’estiu.
Jove el gran i cec l’altiu.
Una taula fa de llit.
Desescric tot el que he escrit!

Poema de Vicent Andrés Estellés,
interpretat per Ovidi Montllor
al seu últim disc 4.02.42 (Ariola, 80) .

Un ocell baixa l’amor.
Mils d’amor senten l’enyor.
Un enyor se sent ferit.
Desescric tot el que he escrit!

Plou de baix i ens mulla el cap.
Juga i guanya qui menys sap.
El cor no vol dir el pit.
Desescric tot el que he escrit!

La raó és un moble vell.
Manar vol dir: Un martell!
Amb el cap estabornit,
desescric tot el que he escrit!

Cinc i cinc, mai no en fan deu.
Una església et marca un preu.
Un canó apunta amb el dit.
Desescric tot el que he escrit!

Plora, plora, no hi ha draps!
Beu i canta i trenca els plats!
L’estratègia es cou de nit.
Desescric tot el que he escrit!

Què més puc cantar-vos ja?,
si la festa no té pa!
El meu cap és un neguit.
Desescric tot el que he escrit!

La tristesa guanya el cant.
L’esperança és un infant.
Llibertat: nom imparit.
Desescric tot el que he escrit!

Ones que vénen.
mar que s’allunya.
Tot és ben prop. Tot és lluny.
Plors que s’enceten.
Riure que es moren.
Quan creus que tens, tot s’esmuny!

Vicent Andrés Estellés

Anestesia

Anestesia general y local. Me anestesiaron ayer. Me sacaron un bulto de la teta. Cosa menor, benigno.

Hay un antes y después cuando te palpas el pecho y descubres un cúmulo de bultitos que crece y molesta. En agosto me lo noté e inmediatamente fui a revisarlo. Tras eco y biopsia se descartó el mal mayor. Tres meses largos después me lo han extirpado.

Lloré cuando me hicieron las pruebas y me informaron que debían de hacer una biopsia. Por suerte, tenían un hueco y podían hacérmela en el momento. Mi madre esperaba en la sala, y tuve un momento de debilidad. Lloré pensando en ella. No quería que se preocupara. Lloré pensando en mi. Me encontraba en un nuevo inicio. Esa misma mañana entraba a vivir en un departamento cerca del mar, comenzaba nuevos proyectos apasionantes y mi corazón, tras años sin amores, estaba ilusionado con una nueva historia que parecía no tener fin.

Lloré unos minutos, y me reí con la enfermera por llorar. Me reí de mi misma. “No pasa nada”, me decía en mi cabecita. Aún así, no lo pude controlar, fue un torrente de minutos de lágrima suela. Tenía miedo.

Lloré la semana siguiente, una tarde en la cama, esperando los resultados. Lloré unos segundos, y después me abracé a la almohada. Nunca quise creer que fuera algo malo, pero era tan jodido que justo ahora, en un momento pletórico, tocara a mi puerta la temida enfermedad llamada cáncer. No temí morir. Temí que fuera “ahora”, tan pronto. Temí la agonía de los días y la pesadez compartida con amigos y familia.

La tercera vez que lloré fue en los brazos de mi amado. Sin hablar. Calladamente. Vulnerable. Esperaba los resultados. No quería imaginar lo peor. Me mataba.

Finalmente no fue nada. Me salvé. Fue un susto, y tras la anestesia desperté. Recuerdo que soñé. Y sigo haciéndolo con más nitidez. La operación salió muy bien, y con molestias propias de rajarte el borde de un pezón.

Pero yo de lo que quería hablar es de la delicada y profesional atención de todo el personal sanitario. Me recibieron con mucho tacto, amabilidad y sentido del humor.

Tenemos grandes profesionales en la sanidad pública, y el cáncer es una putada. Fin de la reflexión.

El final de los sueños

Lo peor de los sueños es cuando,
después de lo soñado
y antes de despertar
debe uno dejar barridos y  fregados
los escenarios de los sueños.

Frotar esa mancha que no se va
que dejó el paso de la jirafa.

Recoger el globo y acomodarlo dobladito
en el cajón de los recortes voladores.

Retirar el fino polvo amarillo
que, adherido a los pies, quedó luego esparcido
sobre el mármol del palacio
cuando regresamos del desierto.

En fin, lo que se dice limpiar:
hacer desaparecer el rastro de nuestra presencia
para que, cuando sueñe el siguiente,
se encuentre todo
como nuevo.

De igual manera
a cuando uno se marcha
de una casa prestada…
¡si es que tiene educación!

Marcz Doplacié

Los locos no se cansan

El Havre (Aki Kaurismäki, 2011)

Corríamos más apretados, algunos se daban la mano, llevábamos la cabeza lo más erguida que podíamos, porque el camino bajaba. Alguien lanzaba el grito de guerra de las pieles rojas, nuestras piernas se lanzaban a galopar como nunca; al saltar, el viento nos cogía por la cintura. Nada hubiera podido detenernos; corríamos con tal ímpetu que aún cuando alcanzábamos a alguno podíamos cruzar los brazos y mirar tranquilamente en derredor.

Nos deteníamos junto al puente del arroyo; los que habían seguido corriendo, volvían. Debajo, el agua golpeaba contra las piedras y las raíces como si no hubiera anochecido aún. No había ningún motivo para que alguno de nosotros no saltara sobre el parapeto del puente.

Detrás del follaje distante pasaba un tren, los vagones estaban iluminados, las ventanillas herméticamente cerradas. Uno de nosotros comenzaba a entonar una canción callejera; pero todos queríamos cantar. Cantábamos mucho más rápido que el tren, nos cogíamos del brazo, porque las voces no bastaban; nuestros cantos se unían en un estrépito que nos hacía bien. Cuando uno mezcla su voz con la de los demás, es como si se lo llevaran con un anzuelo.

Así cantábamos, de espaldas al bosque, para los oídos de los viajeros lejanos. En el pueblo, los mayores estaban despiertos todavía, las madres preparaban las camas para la noche.

Ya era hora. Besaba al que estaba a mi lado, daba la mano a los tres que estaban más cerca, y echaba a correr por el camino; nadie me llamaba. En el primer cruce, donde ya no podían verme, me volvía y retornaba corriendo al bosque, iba hacia la ciudad, que quedaba hacia el sur del bosque; de ella decían en nuestro pueblo:

— Allí sí hay gente extraña. Imagínense que no duermen.

— ¿Y por qué no duermen?

— Porque no están nunca cansados.

— ¿Y por qué no?

— Porque están locos.

— ¿Y los locos no se cansan?

— ¿Cómo van a cansarse los locos?

Franz Kafka (1904): Niños en la carretera.

Para un mejor amor

Nadie discute que el sexo
es una categoría en el mundo de la pareja:
de ahí la ternura y sus ramas salvajes.

Nadie discute que el sexo
es una categoría familiar:
de ahí los hijos,
las noches en común
y los días divididos
(él, buscando el pan el la calle,
en las oficinas o en las fábricas;
ella, en la retaguardia de los oficios domésticos,
en la estrategia y la táctica de la cocina
que permitan sobrevivir en la batalla común
siquiera hasta el final del mes).

Nadie discute que el sexo
es una categoría económica:
basta mencionar la prostitución,
las modas,
las secciones de los diarios que sólo son para ella
o sólo son para él.

Donde empiezan los lios
es a partir de que una mujer dice
que el sexo es una categoría política.

Porque cuando una mujer dice
que el sexo es una categoría política
puede comenzar a dejar de ser mujer en sí
para convertirse en mujer para sí,
constituir a la mujer en mujer
a partir de su humanidad
y no del sexo
,
saber que el desodorante mágico con sabor a limón
y jabón que acaricia voluptuosamente su piel
son fabricados por la misma empresa que fabrica el napalm,
saber que las labores propias del hogar
son las labores propias de la clase social a que pertenece ese hogar,
que la diferencia de sexos
brilla mucho mejor en la profunda noche amorosa
cuando se conocen todos esos secretos
que nos mantenían enmascarados y ajenos.

Roque Dalton

No sabria dir-te

No sabria dir-te,
si m’agrada més el verd que el roig,
ara preferisc veure el blau.
El blau del mar i el cel,
amb grocs daurats,
violetes encesos i color sang.

No sabria dir-te,
si m’agrada més el dolç o el salat,
preferisc mesclar.
Beure la sal de la teua pell,
el dolç del teu cos, dintre meu.

Senzillament,
visc el que veig
,
i em fa sentir bé.


Senzillament, la veig
quan la puc veure.
Senzillament parlem
si ella en té ganes.

Senzillament pugem
al pis de tant en tant.
Senzillament fem l’amor,
donant-nos lo millor.

Senzillament diem
que ens estimem
Senzillament, després
he de veure com marxa.

Senzillament, em quede
molt sol, com cada nit.
Senzillament, demà
em diu que va amb un altre.

Senzillament passege
tot sol per Barcelona.
Senzillament, un dia
que a lo millor no pense,
senzillament, la veig
i passa el de sempre.

Senzillament la veig
i pot ser no passa.
Senzillament, l’he vista
i això, algun cop, ja és prou.

I tot, entre ella i jo,
passa senzillament.
Senzillament tinc ràbia
de no veure-la sempre.

Senzillament voldria
ser el seu preferit.
Senzillament em menge
els llençols d’enyorança.

Senzillament un dia
potser s’acabarà.
A partir d’aquell dia
no sé que passarà.

“Visc el que veig” (Un entre tants…, Ovidi Montllor)

El paseo

Parque del Oeste, Madrid (2011)

Sin el paseo y sin la contemplación de la Naturaleza a él vinculada, sin esa indagación tan agradable como llena de advertencias, me siento como perdido y lo estoy de hecho. Con supremo cariño y atención ha de estudiar y contemplar el que pasea la más pequeña de las cosas vivas, ya sea un niño, un perro, un mosquito, una mariposa, un gorrión, un gusano, una flor, un hombre, una casa, un árbol, un arbusto, un caracol, un ratón, una nube, una montaña, una hoja o tan sólo un pobre y desechado trozo de papel de escribir, en el que quizá un buen escolar ha escrito sus primeras e inconexas letras. Las cosas más elevadas y las más bajas, las más serias y las más graciosas, le son por igual queridas y bellas y valiosas. No puede llevar consigo ninguna clase de sensible amor propio y sensibilidad. Su cuidadosa mirada tiene que vagar y deslizarse por doquier, desinteresada y carente de egoísmo; tiene que ser siempre capaz de disolverse en la observación y percepción de las cosas, y ha de postergarse, menospreciarse y olvidarse de sí mismo, sus quejas, necesidades, carencias, privaciones, como el bravo, servicial y dispuesto al sacrificio soldado en campaña. De otro modo, pasea tan sólo con media atención y medio espíritu, y eso no vale nada. Tiene que ser capaz en todo momento de compasión, de identificación y de entusiasmo, y ojalá que lo sea. Tiene que alzarse a elevado arrebato y hundirse y saber descender a la más profunda y mínima cotidianeidad, y probablemente sabe.

Pero ese fiel y entregado disolverse y perderse en los objetos y ese celoso amor por todas las manifestaciones y cosas lo hacen feliz, como todo cumplimiento de obligación hace feliz y rico en lo más íntimo a quien tiene una obligación que cumplir. Espíritu, entrega y fidelidad lo satisfacen y elevan sobre su propia e insignificante persona de paseante, que con demasiada frecuencia tiene reputación y mala fama de vagabundeo e inútil pérdida de tiempo. Sus múltiples estudios lo enriquecen y entretienen, lo calman y refinan y rozan a veces, por improbable que pueda sonar, con la ciencia exacta, lo que nadie creería del en apariencia frívolo caminante. ¿Sabe usted que mi cabeza trabaja dura y tercamente, y a menudo estoy activo en el mejor de los sentidos, cuando parezco un archigandul y persona frívola sin responsabilidad, sin pensamiento ni trabajo, perdido en el azul o en el verde, lento, soñador y perezoso, que ofrece la peor de las impresiones? Secreta y misteriosamente, siguen al paseante toda clase de hermosos y sutiles pensamientos de paseo, de tal modo que en medio de su celoso y atento caminar tiene que parar, detenerse y escuchar, que está cada vez más arrebatado y confundido por extrañas impresiones y por la hechicera fuerza del espíritu, y tiene la sensación de ir a hundirse de pronto en la tierra o de que ante sus ojos deslumbrados y confusos de pensador y poeta se abre un abismo. La cabeza se le quiere caer, y los por lo demás tan vivos brazos y piernas están como petrificados. Paisaje y gente, sonidos y colores, rostros y figuras, nubes y sol giran como sombras a su alrededor, y ha de preguntarse: «¿Dónde estoy?». Tierra y cielo fluyen y se precipitan de golpe en una niebla relampagueante, brillante, apelotonada, imprecisa; el caos empieza, y los órdenes desaparecen. Trabajosamente, el conmocionado intenta mantener su sano conocimiento; lo consigue, y sigue paseando confiado.

Robert Walser

Otras veces

Quisiera estar en otra parte,
mejor en otra piel,
y averiguar si desde allí la vida,
por las ventanas de otros ojos,
se ve así de grotesca algunas tardes.

Me gustaría mucho conocer
el efecto abrasivo del tiempo en otras vísceras,
comprobar si el pasado impregna los tejidos del mismo zumo acre,
si todos los recuerdos en todas las memorias
desprenden este olor
a fruta madura mustia y a jazmín podrido.

Desearía mirarme
con las pupilas duras de aquel que más me odia,
para que así el desprecio destruya los despojos
de todo lo que nunca enterrará el olvido.

Ángel González

Cómo encontrar una ayuda


Una niña caminaba por el mundo redondo. Necesitaba urgentemente una ayuda, porque no tenía ninguna y todavía era muy pequeña.
¿Pero de dónde cogerla si no quieres robar?

La pequeña incluso habría robado la ayuda si hubiera sabido dónde.


En el bosque encontró al lobo feroz. Le dijo:


– Querido lobo feroz, necesito urgentemente una ayuda.
– ¿Para qué la necesitas, pequeña niña? – preguntó el lobo.
– Una ayuda siempre es útil. – replicó la niña – Por ejemplo, cuando te has perdido en este mundo.
– Entiendo. – dijo el lobo – ¿A dónde quieres ir?
– ¡A todas partes! – exclamó la niña.

El lobo tosió:
– Todas partes es fácil de encontrar y fácil de perder. Además, tienes
sólo dos piernas. Eso va ser difícil.
– La niña preguntó:
– ¿Qué puedo hacer?
– Ven conmigo. – dijo el lobo – Yo no tengo ninguna ayuda, pero el toro fuerte si tiene pinta de tener alguna.
Así que se dirigieron al prado donde estaba el toro.

Allí el lobo dijo:
– Querido toro fuerte, esta niña necesita una ayuda. ¿Tienes alguna?
– ¿Para qué necesita la niña una cosa así? – preguntó el toro.
– Siempre es útil. – contestó el lobo – Por ejemplo, cuando uno se ha perdido en este mundo.

Y la niña añadió:
– Y cuando el bosque está ardiendo.
– Tenéis razón, – dijo el toro – yo no puedo darte nada de eso, pero quizá pueda serviros para buscarlo. Si es que existe una ayuda, la mujer alta sabrá más de eso.

Los tres fueron a ver a la mujer alta, que vivía encima de la montaña.
– Querida mujer alta – le dijo el toro -, esta niña necesita una ayuda. ¿Tienes alguna?
– ¿Acaso la niña necesita la ayuda por ser todavía pequeña? – preguntó la mujer.
– Sí, por eso – dijo el toro -, pero también en general. Una cosa así es útil cuando uno se ha perdido en este mundo y cuando el bosque está ardiendo.

Y la niña añadió:
– Y cuando el río se desborda.
– Eso es cierto – dijo la mujer -, se necesita una ayuda. Pero yo tampoco tengo, ni siquiera una.

Una tormenta se iba acercando a la montaña en la que estaban. Caían rayos muy brillantes y retumbaban truenos ensordecedores.

– Si en este momento un rayo incendiara el bosque, lobo feroz, toro fuerte y mujer alta – dijo la niña -, o si la lluvia nos arrastrara, ¿qué haríamos?

Todos se pusieron a pensar qué habría que hacer en tal caso, y les entró miedo. Se hicieron una piña mientras la lluvia caía estrepitosamente del cielo.

Ilustración de Rotraut Susanne Berner

La tormenta pasó, y volvió a lucir el sol. El lobo se sacudió, la mujer empezó a bailar, y la niña se quitó la ropa mojada y la tendió en los cuernos del toro para que se secase. Los cuatro humeaban al calor de la tarde.

– ¿Cuándo volveremos a vernos?
– ¿Y dónde? – preguntó el lobo.
– Dentro de un mes en esta montaña – propuso la mujer.

Y la niña dijo:
– O bien dentro de una semana, por si alguien de nosotros vuelve a necesitar alguna ayuda.

Cuando el mundo era joven todavía, de Jürg Schubiger

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